Por supuesto que Diego Armando Maradona tendrá un lugar en el Paraíso. El D10S del fútbol mundial, la leyenda, QEPD
Por Luis Oyola Ancajima
Dos mil veinte años atrás, en Belén, en medio de la nada, sin las comodidades de la modernidad, nació el Mesías, el hijo de Dios. Sesenta años atrás, en Villa Fiorito, “un barrio privado de Buenos Aires. Privado de luz, de agua y de teléfono”, como lo describió el propio D10S del fútbol, nació Diego Armando Maradona. Hoy su leyenda crecerá y se hará inmortal.
No es momento para enumerar sus logros. Para qué si lo ganó todo en el campo de juego. Tampoco es momento para restregarle a nadie su adicción a las drogas. Para qué si él mismo lo reconoció ante el mundo en 1996: "Fui, soy y seré drogadicto". Y no hubo orgullo en sus palabras. Sólo pesar y amargura.
Su vida deportiva y personal siempre encendió polémicas. Su lucha desde que fue niño, entre el polvo y la indiferencia, lo convirtió en un rebelde, lo que canalizó en su admiración al Che y Fidel. Ay quien lo retara, seguro lo invitaba a verse las caras en "Segurola y Habana 4310, séptimo piso”, para partirle la cara. “Y vamos a ver si me dura 30 segundos", diría lanzando un guante blanco.
Dicen que sólo entran al cielo las almas arrepentidas. Confieso que soy católico y creyente, pero acepto que me alejé de su iglesia porque se quedó con preceptos que no responden a la humanidad de hoy, lo que sin duda molesta al mismísimo Señor. Confieso además que me identifiqué con una cruda y dura frase del D10S del fútbol, lanzada el 2004 contra la Iglesia Católica: "Cuando entré al Vaticano y vi todo ese oro, me convertí en una bola de fuego".
Diego Armando Maradona convirtió en el confesionario más grande del mundo a la mítica “Bombonera” de Boca Juniors, para expiar sus culpas, para decirte a la humanidad con su corazón acelerado: "El fútbol es el deporte más lindo y más sano del mundo. Eso no le quepa la menor duda a nadie. Porque se equivoque uno, no tiene que pagar el fútbol. Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha".
Sí, señores, ya él en ese trance que te hace llegar al clímax en los momentos más importantes de la vida, en el umbral del partido de su despedida como jugador profesional, el 2001, pagó por todos sus pecados.
Por eso esa “Pelusa”, ligera como nuestras plegarias, volará hasta el éter infinito. Y le abrirán las puertas del Paraíso de par en par. Y caminará firme, en paz, porque ahí no volverán a cortarle las piernas como en USA 94. Quién más que a él para que San Pedro le extienda la mano. Sí, porque con su presencia el cielo no se mancha. Descansa en paz, Diego.
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